La presencia se apodera del Ser y entonces se ve con claridad. La mente silente manifiesta su naturaleza original. Tan solo una consciencia que da cuenta de los fenómenos que acontecen. La realidad se presenta tal y como es, sin distorsión, sin filtro. No hay interpretación posible, pues la mente vacua, no conceptual, percibe pero no opina. A nada se aferra. Sin aversión, carente de deseo observa y deja pasar.

Una profunda comprensión de que este instante es todo lo que hay. La realidad se limita a lo que entra en el campo de la conciencia. No hay ningún otro espacio. No hay ningún otro momento. Aquí y ahora, todo está aconteciendo. Entonces no hay más elección posible, o habitar el instante con la luz de la consciencia o sencillamente no estar. Ahí reside el libre albedrío. Nada que aceptar. Tan solo abandonarse al devenir de la experiencia asumiendo la responsabilidad de un vivir consciente.

Y en esa quietud, en esa consciencia sin esfuerzo que todo lo abarca se percibe la belleza. Haciendo de lo ordinario extraordinario. Entonces todo es perfecto y bello tal y como está. Nada que cambiar. Y al permitirse ser embriagado por los colores y las formas, la alegría sin objeto que acompaña la percepción ecuánime se convierte en Amor. Una intensa emoción que ha estado ahí en todo momento se descubre y comienza a desbordarse bañando cada átomo de vida. La consciencia, antes aislada ahora unificada con el todo y se pierden los límites del Ser. Todo es uno.

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